Este mismo mes, hace unos días, un veterano conductor de camión barcelonés llamaba a la Guardia Civil, a primera hora de la mañana desde un área de servicio de la AP-68 en La Rioja.

El chófer tenía la intención de comunicar el lamentable estado en que se encontraba tras haber consumido demasiado alcohol, tal y como corroboraron las posteriores pruebas de alcoholemia que se le practicaron, antes de volver a la ruta.

El propio profesional explicó a los guardias personados en el área de servicio que hay en el kilómetro 81 de la AP-68, como refiere Europa Press, que había decidido emborracharse mientras conducía el camión para conseguir su detención, que lo despidieran y así poder cobrar el paro hasta jubilarse definitivamente.

Parece ser que incluso amenazó con golpear a los agentes o con lanzarse a la vía para que lo atropellaran, con tal de conseguir poner fin a su vida profesional por las bravas.

El camionero ha sido investigado como presunto autor de un delito contra la seguridad vial por conducir un vehículo articulado de mercancías peligrosas con una tasa de alcohol en sangre de 0,84 y 0,72 miligramos, que supone casi cinco veces la tasa máxima permitida para los conductores profesionales, que es de 0,15.

Ahora, este chófer, que posee un historial delictivo por delitos contra la seguridad vial, se enfrenta a una acusación por graves delitos penales que pueden acarrearle penas de cárcel, una fuerte multa o incluso la pérdida del permiso de conducir, mientras que su empresa se hizo cargo del conjunto.

Fue un acto desesperado. Quizas una muestra de la situación que viven muchos conductores profesionales. En todo caso, una preocupante llamada de atención sobre las condiciones de un colectivo despreciado.