La frase cabalga atropellada sobre el filo de los abismos de un despreciable racismo, el rencor por la Copa del Mundo perdida en Suráfrica y las cuentas pendientes de una historia tergiversada, acaecida en tiempos de glorias pasadas, cuando los Países Bajos no eran tal cosa y España, más de lo que es ahora.

“No le de ese dinero a los españoles y a los italianos”, le espetó hace unos días un camionero neerlandés al primer ministro Rutte, a la sazón látigo de las peticiones de ayuda españolas e italianas a la UE en plena crisis sanitaria, una crisis que estos países no provocaron y que sufren como ningún otro en el continente.

Probablemente fuera un exaltado, pero a un político estos tipos siempre le vienen bien y la respuesta fue sencilla y esclarecedora: «Lo tendré en cuenta». Ambos personajes comparten una misma intención, cual es la de defender lo propio.

Sin embargo, mientras el primer ministro neerlandés es plenamente consciente de los beneficios que tiene para su país un sistema fiscal que le asegura la presencia de grandes multinacionales y el movimiento de capitales y mercancías que genera, es posible que al conductor solo se guíe por sus propios intereses, como, por otra parte, es lógicamente comprensible.

Mientras, España e Italia mendigan en la Unión Europea, atenazadas por su historia reciente y tópicos, al tiempo que la Comisión Europea da el visto bueno a ayudas de Estado en diferentes sectores de Francia, Hungría, Estonia, Polonia, Bélgica, Alemania, Finlandia, Malta, Suecia, Lituania y, casualmente, los propios Países Bajos.

Nunca antes una frase había servido para definir tan bien lo que realmente es hoy día la Unión Europea. Haría bien España, prisionera de sus propios errores y de una tremenda deuda agravada por la pandemia, en comprender en qué bando está y, a partir de ahí, obrar en consecuencia sin reprochar a nadie que defienda sus intereses.