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La Unión Europea prevé que la conducción autónoma será una realidad a gran escala para 2030.

La conducción autónoma parece algo que aún tardará mucho en llegar. Sin embargo, desde múltiples sectores se vienen dando pasos agigantados que acercan este fenómeno, con toda una serie de retos e implicaciones que platean una serie de cambios radicales de cara a un futuro no tan lejano como algunos esperan.

Además del propio reto tecnológico y de seguridad que implica la utilización de máquinas totalmente autónomas para la movilidad de personas y mercancías en entornos complejos como son las carreteras o las calles de cualquier ciudad, también existen otras circunstancias a tener en cuenta en el conjunto de medidas y normas que acompañan a la propia circulación de vehículos.

Pensemos, por ejemplo, en las actuales señales de tráfico. Destinadas para que sean percibidas por los conductores, pierden toda su funcionalidad con un piloto automático que, por su parte, necesita un mayor volumen de información para poder prever todas las circunstancias que pueden afectar a la circulación. Esta misma circunstancia se extiende a las condiciones de las vías y a las propias normas de tráfico, que deberán contemplar la convivencia de vehículos autónomos con otros tradicionales.

En este sentido, la Comisión de Transportes del Parlamento Europeo ha emitido este mismo mes un informe en el que pide a la Comisión Europea que realice avances en materia de regulación de la conducción autónoma, con vistas a su introducción a gran escala hacia 2030, y, en particular, para adaptar las normas que regulan la circulación de estos vehículos.