Qué lejos quedan los momentos en los que de forma hipócrita las administraciones de nuestro país nos reconocían la categoría de sector estratégico y esencial, y nuestro sector,  más que acostumbrado al servilismo, se lo creyó y compró el discurso.

Toca ya volver a la realidad. Aún no está la totalidad del estado español en fase 3 del alargado estado de alarma que hemos padecido, y ya volvemos a las andadas. El País Vasco empieza a poner trabas a la circulación de camiones como antes de la proclamación del estado de alarma cuando ni tan siquiera hay en circulación el 30% del parque automovilístico privado, pero como la cabra tira al monte, pues ahí estamos.

Pido a Dios que lo pasado por la población española en su conjunto no se vuelva a producir, que no lo tengamos que volver a pasar nunca, pero si ocurriese, algunos merecerían la justa respuesta de los que les han suministrado para subsistir.

No es posible que el sector siga aceptando lo que durante tantos años ha aceptado de forma impuesta por unos y por otros, como los peajes que ha soportado y que pretenden imponer de nuevo y más.

Y no es que necesite enemigos externos para agudizar sus problemas. Ya los tiene dentro, y de todo tipo. Colaboradores trabajadores cuyo enemigo exclusivo es su empresa, cuando a poco que colaborasen en resolver los problemas, su actividad del día a día se vería recompensada en todas sus facetas.

Ni los conductores han dejado de cargar y descargar, ni se han dejado de intercambiar palets, ni se cobra a 30 días aunque lo diga la Ley del Contrato de Transportes.

Tampoco le faltan los que cuyo único fin es crecer por crecer de forma desmesurada sin orden ni concierto, hasta el punto de que la estructura le impone operar al 50% de los costes que soporta aun teniendo su tracción en los países del este, hasta el punto de estar ofreciendo en España, oferta de servicio que ni las operadoras de los países del este son capaces de ofrecer.

No sé cuando reaccionará el sector a todo esto, pero lo que sí es cierto e irrefutable es que ni los conductores han dejado de cargar y descargar, ni se han dejado de intercambiar palets, ni se cobra a 30 días aunque lo diga la Ley del Contrato de Transportes, ni se cobra a 60 aunque lo diga la Ley de Morosidad, ni se legisla para que el conductor no haga sus descansos en cualquier lugar, sino en casa y con su familia, por haber conseguido la vuelta a casa, ni le darán una Agencia del tipo de la AICA de Agricultura, ni se verá igualado por disponer de un convenio colectivo de carácter nacional y único para el transporte por carretera.

Y tanta cosas más que por mucho que se expongan en videoconferencias al Ministro que debiera ser del ramo, siguen sin interesar porque el sector es servil y sigue cumpliendo con su deber. Mientras, ese sector que estaba bajo mínimos antes del estado de alarma por la pandemia, está en este momento más arruinado que nunca, lo que no es de extrañar.

Mientras que las seis primeras grandes cadenas de distribución (que no lo serian sin el transporte) sólo en España tuvieron unos beneficios en 2017 de más de 2.000 millones de euros, las ocho mayores empresas de transporte por carretera de España, facturaron en su conjunto el mismo año unos 2.000 millones de euros (la misma cantidad de lo que los otros ganaron), y obtuvieron un resultado en conjunto y unas por otras de tan sólo 48 millones de euros (antes de impuestos). A partir de ahí, los demás ya se lo pueden imaginar.

Como se ve, todo un equilibrio. Por eso hay que seguir danzando, como malditos, y no podremos dejar de danzar nunca mientras no se reequilibren las posiciones.