Los titulares de prensa de todo el país reflejando la situación generada en Gran Bretaña, ante la falta de conductores, han hecho a muchos mirar por una vez en mucho tiempo hacia el transporte por carretera en nuestro país, para descubrir cómo estamos aquí, ante el miedo al desabastecimiento.

La realidad, denunciada desde hace años por las asociaciones de transportistas, es que nuestro sector, ese gran olvidado (engañado), se encuentra solo un paso por detrás de nuestros compañeros británicos. Se puede afirmar que mientras las consecuencias de la precarización recaigan en el transportista, no supone un problema, ni para la Administración, ni para los cargadores.

El problema para todos vendrá con el siguiente paso, cuando los efectos del transporte barato den el siguiente paso y el problema se traslade a la ciudadanía en modo de desabastecimiento, como está ocurriendo en el Reino Unido. ¿Podrá el Ministerio de Transportes seguir con su histórica posición de equidistancia entre cargadores y transportistas? ¿El/La ministro/a de turno, se hará responsable de la situación por no haber hecho todo lo posible por evitar el desabastecimiento de la población?

No hace falta ser demasiado avispado interpretando los datos que arroja el Observatorio Social del Transporte: la edad media de los conductores profesionales en España es de 51 años (y subiendo), lo que significa que en cinco años se jubilarán el 30% de los conductores profesionales en nuestro país. Además, la renovación generacional no solo no está garantizada, si no todo lo contrario, nadie quiere montarse en un camión; ni los jóvenes a partir de los 18 años; ni existe incorporación de la mujer; ni trasvase de trabajadores de otros sectores, ni extranjeros, ni nadie.

La edad media de los conductores profesionales en España es de 51 años (y subiendo), lo que significa que en cinco años se jubilarán el 30% de los conductores profesionales.

Mientras tanto, las recientes modificaciones en la normativa de acceso al mercado eliminando el requisito de flota mínima y antigüedad, la legislación en materia medioambiental, la amenaza del pago por uso de las autovías; la posibilidad de aumento de las masas y dimensiones, la obligación de realizar las labores de carga y descarga de la mercancía, generan desconfianza e incertidumbre entre los actuales transportistas frente al futuro a corto plazo.

El cambio experimentado en la última década por el sector supone en definitiva, una muestra de la capacidad de adaptación de los profesionales al cambio, pero refleja también cómo en este tiempo, todo se ha transformado; las relaciones comerciales (todo por el tender), la digitalización de los procesos, la incertidumbre ante la renovación de flota o la permisividad frente a la competencia desleal. En definitiva, múltiples factores que terminan abocando al sector a la precarización como nunca antes se había vivido, una precarización que se convierte en el principal motivo por el que nadie quiere venir y los que estamos desearíamos irnos cuanto antes.

Nuestro sector ha sido una pieza fundamental en el crecimiento de muchas empresas, las cuales, apoyándose en el transporte, han creciendo hasta convertirse en grandes empresas capaces de dar respuesta a los requerimientos de clientes cada vez más exigentes. Seguramente, sin este apoyo esas mismas empresas no hubieran podido alcanzar su posición actual en el mercado internacional. ¿Qué ocurrirá cuando no lleguen los camiones a sus muelles? ¿Podrán mantener su competitividad?

Ahora, cuando todos miran a Gran Bretaña, el sector agoniza en nuestro país ante la incomprensión de los políticos, la indiferencia de unos cargadores insaciables y la poca capacidad de unos transportistas timoratos a la hora de repercutir sus sobrecostes a las facturas que emiten a sus clientes.

Puede que aún estemos a tiempo de revertir esta situación, pero no nos queda mucho a tenor de lo rápido que se deteriora nuestra profesión.

Vemos crecer el problema y mostramos, como sociedad, nuestra incapacidad para actuar defendiendo aquello que nos permite seguir disfrutando de todo lo que hoy disfrutamos. Cabe recordar que el 87% de las mercancías se mueven en camiones y a todo el mundo le gusta encontrar las estanterías llenas en los supermercados o simplemente que le llegue hoy el paquetito que compró ayer por internet.

Estamos a las puertas de que todo esto se desmorone, pues no se puede aguantar por más tiempo y (de manera artificial), un sector esencial que se va a la ruina ante la pasividad de unos y otros. Quizás sea necesario que ese riesgo se materialice, para conseguir dignificar nuestra profesión y hacerla visible frente a aquellos que durante años se han empeñado en ningunearla. Puede que aún estemos a tiempo de revertir esta situación, pero no nos queda mucho a tenor de lo rápido que se deteriora nuestra profesión. Debemos actuar cuanto antes y ser capaces entre todos de alcanzar un gran consenso que evite lo que ahora mismo parece inevitable.