Una de las citas que más me gustan de Wangari Maathai* es esa que dice… «Hasta que no hayas cavado un hoyo, plantado un árbol, regado y hacerlo crecer, no has hecho nada. Todo lo demás son palabras».

En ese sentido me está gustando mucho más la actitud de los ayuntamientos que la de los Gobiernos de los Estados cuando se enfrentan a medidas medioambientales. Hay mucha palabrería en COP21 con el Acuerdo de París  y COP26 de Glasgow y pocas acciones concretas. También es cierto que a los ayuntamientos les aprieta más la contaminación de las ciudades y los atascos. Pero están más cerca del ciudadano y lo que a ellos les aprieta y están tomando medidas.

La ciudad está empezando a ser el laboratorio de todo: el desempleo, la polución, la tecnología, el crecimiento, la gentrificación,…la ciudad es la que va a determinar la nueva forma de convivir entre el medioambiente y la tecnología y por lo tanto serán las ciudades las que van a determinar cómo vamos a vivir, si sobreviviremos a los desafíos que nos plantea el futuro y no sucumbimos como hicieron los dinosaurios que no fueron capaces de adaptarse a un cambio brusco.

Estamos ante el balbuceo de las ciudades. Los ayuntamientos están empezando a desperezarse. Están en el meollo de la cuestión de la distribución sin embargo no parecen todavía del todo conscientes. De forma general, en una ciudad grande, los vehículos de distribución son el 8% de los vehículos pero suponen el 30% del tráfico. Y las ciudades no parecen conscientes de ello.

Para que reconozcan esta importancia, debe haber primero alguien en la organización que detente esa responsabilidad y que sea visible para todo el mundo. Es muy difícil todavía identificar en los organigramas de las ciudades la función de distribución de las mercancías; bien porque se diluye en responsabilidades como tráfico, calidad del aire, congestión o movilidad. Es una responsabilidad muy difuminada hasta la fecha.

También los ofertantes del servicio tenemos que hacernos visibles. Estamos muy atomizados y no somos reconocibles por los agentes. Cada uno ha resuelto su necesidad logística de la manera que se le ha ocurrido y esto ha resultado en una distribución caótica en las calles.

Y las ciudades han decidido tomar medidas. Las restricciones en la distribución son un claro síntoma de avance. Eso significa que existimos. Aunque seamos todavía considerados una molestia, más que como un servicio. Pero pronto los ayuntamientos recapacitarán y se darán cuenta de que sin la distribución ordenada, las ciudades se ahogarán en sí mismas.

De forma general, en una ciudad grande, los vehículos de distribución son el 8% pero suponen el 30% del tráfico. Y las ciudades no parecen ser conscientes de ello.”

La distribución de mercancías, bien a tiendas o en domicilios se ha convertido con su desarrollo en un monopolio natural como lo son el agua, las basuras, de la electricidad. La calle es un bien que hay que distribuir equitativamente y está en manos de los ayuntamientos establecer las reglas en las que los operadores debemos movernos para que sea eficiente. Si no lo hacen, la distribución no será eficiente y contaminaremos más de lo debido.

En breve veremos a valientes ayuntamientos tomar el toro por los cuernos y establecer servicios de distribución bajo ordenanzas municipales y, está por ver, si limitamos el marketiniano uso de los embalajes para tener un único embalaje eficiente para la distribución. ¡Ánimo! No hay más camino que el de la eficiencia y el medioambiente.

(*) Wangari Maathai fue Premio Nobel de la Paz 2004