Es obvio que Frank Lloyd Wright nunca construyó en la Unión Soviética, pero si hubiera vivido 150 años, ¿habría construido una Nave Logística?. Seguro que no, pero quizás este sería el momento en que sí se lo habría planteado algún fondo de inversión avezado con la intención de sobrevalorar su patrimonio.

Oswald Grube en su tratado “Construcciones para la Industria”, apuntaba en 1972 acerca de la costosa solución de la fachada de Marcel Breuer en la Fábrica de Ventiladores en Nivelles-Bélgica: “En el transcurso de los años se comprobó que el personal aumentaba la producción cuando se trataba de trabajar para una empresa moderna y progresista…”

Esa era la situación del desarrollismo en Europa Central y en EEUU en las postrimerías de la década de los ‘60 del siglo XX. Luego el cuento cambió y la eficacia distanció a la edificación industrial de las mejores aportaciones arquitectónicas. Y en ese largo devenir de casi 40 años se ha desarrollado una Arquitectura Logística como respuesta unilateral al “contenedor” indiferenciado, solucionando su respuesta funcional del almacenamiento, como planteamiento soviético: austero y mínimo por concepto, pero con una suerte de construcción tradicional.

En los últimos seis años esta Logística Soviética ha evolucionando en consonancia con la pujanza de nuevos actores en la Arquitectura del Almacén:

i) la Convivencia de los usos
ii) la Sostenibilidad y el Ecodiseño
iii) la Certidumbre Inmobiliaria y
iv) la Especialización del Transporte

Tales catalizadores, integrados en la abierta necesidad logística como objeto del deseo de las nuevas estructuras comerciales digitales, han creado las condiciones necesarias para la evolución de una logística de mínimos, rala, gris y soviética, a una logística que, ¿por qué no calificarla de Orgánica?, capaz de transpirar todas las contradicciones y vectores tan dispares a coordinar.

Esta Logística Orgánica ha de ser capaz de albergar la convivencia de uso ampliando la dialéctica de estrictas oficinas con el almacenamiento, para dar cabida a usos alternativos como “show-rooms” comerciales, a instalaciones de “out-let” en extensión de lo almacenado, a puntos de reparación, en definitiva, a convivencias contemporáneas de alcance comercial, a espacios que amplían la práctica funcional originaria, creando una evidente evolución urbanística que necesita una abierta reflexión de su zonificación, de las obsoletas ordenanzas, del perverso entendimiento de la “edificabilidad”, así como el necesario replanteamiento de la cercanía de los usos residenciales junto con el conflicto de la movilidad, por un lado con el necesario transporte de la mercancía y, por otro, con la creciente peatonalización.

Todo este menú de elementos proactivos entorno a la Arquitectura Logística desembocan en la demanda de una edificación mucho más diversa y deseosa de plasmar un sello propio y distinguible, generando un foco de atención sobre el revestimiento del contenedor, sobre la fachada, derivado de un manejo más intenso del diseño.

De esta forma, en los últimos años, se ha producido una evolución formal con significaciones de la fachada que, en su origen funcional podrá suponer una multiplicación de respuestas a las distintas posibilidades de los usos. Evolución de una piel rígida de hormigones, a veces pintados, pero que ahora están capacitando otro tipo de fachadas, soluciones con mayor presencia de elementos metálicos, con aperturas de vanos más destacadas, con elementos de reconocido eclecticismo arquitectónico que llegan al paroxismo de usos cromáticos en un intento de nominación a modo de “branding-box”, características que hacen pensar en un momento álgido de estas arquitecturas, más abiertas y preocupadas por el ecosistema laboral y social que están generando, proceso que debe continuar con implementaciones en la prefabricación, en especial, de los espacios complementarios al almacenamiento, para convertirse sin duda, en referencia de una deseable “prefabricación orgánica” tan necesaria en el actual panorama de la construcción.