Cambio cultural y nuevas tecnologías

Miedo y vértigo ante lo desconocido

La adopción cada vez más masiva y acelerada de la intelgencia artificial implica un cambio cultural de gran calado que va más allá de cualquier tarea profesional y que ya está transformando el valor que tiene el trabajo, las condiciones laborales e incluso las propias estructuras jerárquicas que durante siglos han sostenido a las empresas.

17/05/2026 a las 12:06 h
Miedos y esperanzas impulsan la iniciativa humana desde la noche de los tiempos.
Miedos y esperanzas impulsan la iniciativa humana desde la noche de los tiempos.

Nada nuevo bajo el sol. Nada, por lo menos, de lo que ya no haya hablado la literatura clásica, los mitos, la religión o las tradiciones.

El caso es que para el común de los mortales cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es lo más parecido a una forma de brujería, como plasmó en sus tres leyes Arthur C. Clarke, clásico de la ciencia-ficción. Pero, claro, ahora no estamos frente a una gran pantalla viendo Blade Runner, con la tranquilidad de saber que es pura ficción. Ahora, la magia está en las pantallas que llevamos en los bolsillos, en los altavoces inteligentes, en la televisión, el coche o los electrodomésticos. La amenaza se ha convertido en algo real, tangible. En algo inevitable, incluso en los parajes más recónditos. 

Tampoco es nuevo el miedo hacia lo nuevo, ni siquiera las reacciones fusiosas ante las nuevas tecnologías, enroques sin sentido contra el inexorable paso del tiempo, o, en el otro fiel de la balanza, un entusiasmo pánfilo y despreocupado, irresponsable.

De igual modo, tampoco es nuevo afirmar que una nueva tecnología va a crear más puestos de trabajo de los que va a destruir, porque nadie sabe ahora lo que va a pasar.

La vorágine del cambio

Miedos y esperanzas impulsan la iniciativa humana desde la noche de los tiempos y ahora nos sitúan al borde de un cambio estructural de gran calado que cabalgamos en un carro tirado por dos caballos sobre el abismo, como en el mito platónico.

Y ese cambio obliga a modificar la manera de pensar, de afrontar algunas tareas, de comportarse. A hacerlo, además, con prontitud para evitar quedar atrás, anclado en una lejanía oscura.

La inteligencia artificial es la tecnología que ha provocado este cataclismo, la que amenaza puestos de trabajo menos productivos, la que pone al borde del abismo a jueces y abogados, la que aspira a quitar la programación informática a los propios programadores, la que podría estar escribiendo este texto perfectamente.

En el último V Encuentro DUM organizado por Cadena de Suministro, uno de los participantes explicaba el miedo que genera la IA entre los jefes de tráfico.

Tienen estos profesionales el pálpito de que esta tecnología usurpa unas funciones que hasta hace bien poco eran arcanas, laboriosas, de pura negociación y que ahora puede realizar un algoritmo con precisión quirúrgica, en segundos y de manera equilibrada entre costes, afectación al personal y servicio.

También aseguraba que el papel de la IA no es quitar el trabajo a nadie, sino llevarlo a un nivel superior. La inteligencia artificial es una herramienta que requiere, al menos de momento, supervisión humana para evitar lo que los expertos llaman alucinaciones y para impedir que inventos y añadiduras le resten precisión.

Efectos más profundos

Es sólo un ejemplo. Por otro lado, un reciente estudio de Antrhopic, empresa desarrolladora de Claude y uno de los puntales globales en el desarrollo de la IA, constata que las afectaciones de esta tecnología serán más profundas de lo que se pensaba inicialmente.

Además, este trabajo detalla que la IA perjudicará más el empleo de las mujeres y de profesionales con carreras universitarias y altos ingresos.

Entre las áreas en que mayor impacto tendrá la IA, Anthropic sitúa la administración y gestión de empresas, finanzas, informática y matemáticas, ingeniería y arquitectura, ciencias sociales, el ámbito legal, los medios de comunicación, el área comercial y de ventas, así como la medicina.

En particular, el trabajo concluye que la exposición de un empleo a los efectos de la IA es mayor si puede cubrirse con esta tecnología, si se hace en contextos laborales fijos, o si se ajusta a patrones automatizados. En conclusión, cuanto más se usa la IA en un trabajo, más riesgo hay de que la tecnología acabe reemplazando al humano que lo lleva a cabo.

Curiosamente, el análisis de Anthropic sitúa al transporte y a las labores de mantenimiento como los segmentos de actividad con menor afectación por la IA en este momento precisamente por este mismo motivo: aún no utilizan la IA de una manera masiva.

Preparar el cambio

Pese a ello, en definitiva, todos los puestos de trabajo se van a ver afectados por la IA más pronto que tarde y esto obliga a los profesionales a prepararse para el cambio en una doble vertiente: para aprender a usar la IA en su ámbito de actuación o si la IA ha acabado con su labor, para encontrar acomodo en otra.

Este aprendizaje se enfrenta a una primera dificultad antes siquiera de empezar: la relacionada con el carácter creativo de la IA. La inteligencia artificial no viene con un manual de instrucciones por mucho que se empeñen las redes sociales y los ingenieros de ‘prompts’. La intelgencia artificial es un campo abierto a la imaginación y lo que puede hacer depende tanto de propuestas imaginativas, como del grado de interlocución que consiga cualquier trabajador para conseguir que la herramienta haga lo que realmente se le pide.

Todo ello genera miedo a lo desconocido, a perder lo ganado. Junto con ello, llega la desconfianza hacia una tecnología que propone una interacción compleja, casi humana.

La Inteligencia Artificial afectará a la mayor parte de los empleos y especialmente a los que más uso hacen de esta tecnología.

En el caso del transporte, recientemente un directivo de un operador español apuntaba en una red social las dificultades que estaba encontrando para que sus conductores aceptaran tener teléfono de empresa y la labor de acercamiento que, paso a paso, con grandes obstáculos, ha tenido que ir haciendo para minar resistencias y demostrar que una tecnología tan asumida como un móvil no sea vista como una intrusión, sino como un elemento para facilitar la tarea, mejorar la visibilidad y aportar información a unos clientes que cada vez están más encima de cualquier proceso.

Si esto es así con un simple teléfono móvil, imaginemos el proceso llevado a un uso masivo de la inteligencia artificial.

 

robot fabrica tractora
La IA transformará gran parte de los sectores productivos.

El imprescindible toque humano

Por suerte, las personas no son máquinas y hoy por hoy sus capacidadades son imprescindibles para gran parte de las actividades económicas. Incluso en las más repetitivas y triviales siempre se echa de menos el toque humano.

Analistas del MIT, el Instituto de Tecnología de Massachusetts, en los Estados Unidos, apuntan que automatizar un proceso por completo puede ser contraproducente, especialmente si la decisión última en una tarea concreta va más allá de un simple análsis y exige intuición o tomar riesgos.

De igual modo, los profesionales de esta prestigiosa institución también certifican que, a lo mejor, la IA no va únicamente de mejorar la productividad, sino de permitir a los humanos centrarse en aquellas tareas que realmente requieren de su atención, para dejar las labores más repetitivas, burocráticas y simples un manos de los algoritmos.

Automatizar totalmente una tarea puede llegar a ser contraproducente, sobre todo si la decisión última requiere intución o calcular riesgos.

Este argumento, aunque manido, conviene señalar que supone un cambio importante en el valor que se le atribuye al trabajo y a su finalidad.

Es decir, que no basta con convencer a un trabajador de lo que implica la IA para sus tareas, sino que la propia empresa también tiene que modificar las expectativas puestas en esa tarea, con consecuencias paralelas en retribución, condiciones sociales y otros aspectos relacionados con la vida laboral.

En definitiva, el cambio no sólo opera en una única dirección y exige adaptación a los trabajadores.

En este sentido, es más que posible que la transformación que propone la IA también altere la estructura jerárquica de las empresas, las funciones que desarrolla su personal e incluso su misión final.

Y en este punto toca volver a las tres leyes de Clarke para concluir que, dado que cualquier tecnología demasiado avanzada puede confundirse a la magia, nunca está de más eliminar prejuicios, apartar miedos y, de paso, enseñar a otros a hacer magia. Así hemos avanzado siempre. 

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