Editorial

Aún nos parece lejano, pero lo cierto es que la época en que los combustibles fósiles han marcado un antes y un después en el transporte va quedando atrás. Lenta, pero también inexorablemente.

La actual década de los años veinte del siglo XXI marcará, a decir de muchos expertos, un vuelco en la movilidad. En este momento justo se están combinando una serie de innovaciones tecnológicas, con una decidida voluntad política, no exenta de cierto desconocimiento, para marcar un cambio de profundo calado que, además, también confluye con un impulso social a los temas medioambientales y con este acelerador de cambios en que se ha convertido la pandemia de coronavirus.

Lo cierto es que la transformación energética es un proceso heterogéneo y que plantea dificultades técnológicas en algunos segmentos, como el transporte por carretera de larga distancia, en el que no existen alternativas al gas o al diésel, un carburante que, según están demostrando los fabricantes, aún tiene posibilidades de mejora.

Por contra, en la distribución urbana sí que se está produciendo un cambio a gran velocidad, ayudado por medidas políticas que se centran en expulsar a los vehículos más contaminantes de los centros urbanos.

Al mismo tiempo, el transporte marítimo sigue haciendo los deberes con cuantiosas inversiones que impulsan paulatinamente una flota cada vez más sostenible.

La transformación energética es un proceso heterogéneo, con un avance desigual según los diferentes segmentos.

También el transporte aéreo tiene mucho camino por recorrer en lo que se refiere a eficiencia, aunque tampoco faltan iniciativas. Finalmente, el transporte ferroviario tiene a su favor el camino recorrido en el ámbito de la electrificación.

En definitiva, con este proceso de transformación energética se abren múltiples opciones de cambio, con efectos económicos, empresariales y sociales de amplio calado, cuyas consecuencias apenas podemos entrever. Se abre también un tiempo apasionante e incierto, en el que la tecnología tendrá que hacer lo posible por adaptarse a las necesidades de un mercado en el que los costes juegan un papel fundamental.