A unas horas de que las calles de Cataluña se llenen de lectores y rosas como cada 23 de abril, el sector logístico trabaja contrarreloj para asegurarse de que cada punto de venta cuente con los libros que necesita. Durante una día, las ventas se trasladan a cientos de paradas efímeras repartidas por calles, plazas y librerías, con picos de demanda imprevisibles y márgenes de reacción mínimos.
El éxito de Sant Jordi, explican desde Logista, se mide en libros vendidos, pero detrás de esas transacciones hay una labor invisible que resulta fundamental para que puedan llegar a tiempo a manos de los lectores. Solamente en la celebración de 2025, se vendieron más de dos millones de libros en Cataluña, correspondientes a cerca de 70.000 títulos distintos, que facturaron 26 millones de euros.
Estas cifras la convierten en una de las fechas más exigentes del calendario editorial europeo, lo que obliga a planificar durante semanas un operativo que incluye pedidos, entregas, reposiciones y retirada de excedentes, gestionando más de 400 paradas profesionales en Barcelona y 1.000 puntos de entrega. “No basta con entregar los libros por la mañana: hay que estar preparados para reponer en tiempo real aquello que el público demanda y retirar excedentes al final del día”, explica Daniel Oropesa, director general de Logista Libros.
Y es que la singularidad de Sant Jordi reside en que la cadena de suministro no termina con la entrega, pues para que la experiencia no sufra interrupciones durante la jornada, es fundamental garantizar la reposición de títulos agotados, redistribuir ejemplares entre las diferentes paradas y adaptarse a picos imprevistos de demanda. “Es una logística viva, que cambia cada hora y que exige coordinación absoluta”, confirma Daniel, para quien el objetivo principal, como suele suceder en la logística, es “que la celebración fluya sin que el público perciba todo lo que sucede detrás”.
Sant Jordi demuestra cada año que la cultura también depende de infraestructuras sólidas y de equipos capaces de operar bajo presión. Esa coordinación entre logística especializada y la logística de última milla permite que la cultura llegue el 23 de abril literalmente hasta la calle, incluso en entornos urbanos complejos y con fuertes restricciones de movilidad.