Álvarez, nombre ficticio de un repartidor autónomo madrileño que trabaja para varias empresas cuyos nombres no vienen al caso, aunque sean de fácil recuerdo, vio las puertas del cielo abiertas cuando pudo comprobar que alguien sostenía la puerta del portal de una comunidad de vecinos de una zona residencial al sur de Madrid para que pudiera pasar.

Echando un último vistazo desconfiado a la furgoneta mal aparcada, agradeció un gesto de cortesía que ahora se ha vuelto más común y recibió una leve inclinación de cabeza como respuesta.

Intentó mantener la distancia social al entrar, pese a llevar puesta, también, su mascarilla y se lanzó hacia el ascensor para ganarle tiempo al reparto.

Llamó al timbre del domicilio al que se dirigía y aguardó a que abrieran.

En pocos segundos, tras la puerta asomaron una mujer y una niña pequeña que lo miraba extrañada, entre escondida y curiosa, y que guardaba un extraordinario parecido con la que debía de ser su madre. A Álvarez no le dio tiempo a disculparse por no llamar al portero automático antes.

“¿Son mis rotuladores?”, preguntó divertida la niña. Álvarez alargó con precaución el paquete que llevaba hacia la mujer y le anunció la entrega.

“Sí, cariño. Son tus rotuladores”, le explicó la madre a su hija tras recoger el envío. “Este señor tan amable”, continuó, “los ha traído y eso que ahí fuera ya sabes que corre un bicho peligroso. ¿Qué se dice?”

Resuelta la sorpresa, la niña dijo gracias alegremente y se perdió corriendo por el pasillo hacia el interior de la casa, mientras la receptora del paquete agradecía nuevamente el servicio y le reconocía a Álvarez su labor.

Álvarez se despidió y llamó al ascensor justo cuando la puerta de la casa se cerraba, mientras se preguntaba si todo aquello merecía la pena.

Unos rotuladores no merecen la pena. La ilusión de un niño, sí. La merece siempre.

Volúmenes de hasta 650.000 pedidos en un solo día

Más allá de estos sentimentalismos, a García, nombre ficticio de otro trabajador de paquetería que ya es perro viejo, los de un sindicato le han dicho que con el estado de alarma el comercio electrónico «está que lo rompe», según explica mientras apura rápidamente un cigarrillo en la plataforma de un polígono madrileño antes de echar a correr de un momento a otro.

Le han explicado los del sindicato que alguna gran empresa del sector ha llegado a mover 650.000 pedidos de comercio electrónico en un solo día durante la fase más restrictiva del estado de alarma, cuando la media diaria de esta misma compañía no suele llegar a los 300.000 diarios. «Un completo disparate, parece Navidad», espeta.

García también cuenta que ante este desbordamiento se han contratado muchos repartidores. En estos momentos podría haber hasta un 60% más trabajando en entregas domiciliarias en la Comunidad de Madrid, e incluso se ha repartido trabajo a otras empresas que habitualmente no están en este segmento, ante algunas incapacidades puntuales para gestionar grandes volúmenes que han podido atragantarse.

Al pitillo de García apenas le queda ya nada que fumar, pero mientras da la última calada y entorna los ojos, confirma que las condiciones de trabajo se han ido adaptando a la situación con el paso del tiempo, pero que salarios y los precios que cobran los autónomos no han variado, pese a que la situación es bastante más complicada que a primeros de marzo.

Quizás sea por eso que vuelve a toda velocidad, para generar volúmen y seguir dando servicio, con la esperanza de que las cosas vuelvan a la normalidad cuando todo esto haya pasado.