Alemania sabe que es el país que parte el bacalao en la Unión Europea sin discusión alguna. Su poderío económico y la hegemonia que ejerce en el centro del continente le confieren un papel preponderante indiscutible que juega a conveniencia.

Así pues, frente a las tibias observaciones de la Unión Europea sobre la necesidad de encontrar un marco común para limitar los movimientos transfronterizos en toda la UE, las autoridades germanas han reaccionado con un nuevo órdago como es la prórroga de las duras medidas de control en sus fronteras que estaba vigor desde el pasado 14 de febrero.

De este modo, las medidas de control, que también afectan a los conductores profesionales, se prorrogan hasta el 3 de marzo, pese a que estaba previsto inicialmente que se levantaran el 24 de febrero.

La prórroga deja también en agua de borrajas, al menos de entrada, la petición de la IRU a la canciller alemana Angela Merkel para levantar la obligación para los conductores profesionales que quieran entrar en territorio germano de contar con una prueba diagnóstica de contagio con resultado negativ0.

En este ámbito concreto, la Unión Europea queda como un auténtico muñeco roto, con el espacio Schengen, que hace no mucho tiempo era la joya de la corona, desgajado en pedazos.