La subida del diésel en Estados Unidos ya está cambiando la operativa diaria del transporte de larga distancia. Los conductores están bajando la velocidad para recortar consumo, pero ese ahorro en surtidor se traduce en más horas al volante para cerrar la misma ruta y el mismo ingreso cuando el pago va por milla.
Ahí aparece la principal fricción del problema. El combustible se ha encarecido casi dos dólares en un año y la gasolina ha subido un 42% tras el conflicto con Irán, pero Gord Magill, camionero veterano, sostiene que el golpe no llega solo del precio sino del tiempo perdido en centros de distribución y clientes desorganizados, un coste que después no desaparece aunque el conductor levante el pie.
Conducir más despacio reduce consumo, pero alarga la jornada con el mismo pago
Los conductores profesionales están circulando un 4% más despacio para ahorrar combustible.
El rango de entre 55 y 60 millas por hora aparece como el punto más eficiente para contener el gasto. Ese ajuste permite ahorrar cientos de dólares semanales, pero también reduce la distancia recorrida dentro de una jornada ya limitada por las reglas de horas de servicio.
Cuando la retribución depende de la milla recorrida, la cuenta cambia rápido. Bajar la velocidad obliga a trabajar más horas para facturar lo mismo y aprieta todavía más la liquidez de quien ya absorbe el coste del gasóleo, los tiempos muertos y el desgaste del vehículo.
En la práctica, el ahorro de combustible no compensa por sí solo la pérdida de tiempo productivo.
Para Gord Magill, veterano camionero desde 1997 y autor de End of the Road: Inside the War on Truckers, el ahorro de combustible no basta para aliviar la presión sobre los conductores. En declaraciones a NewsNation, señaló que reducir la velocidad puede bajar el consumo de diésel, pero el verdadero conflicto está en un sistema que suele pagar por milla y no por las horas reales que exige el trabajo.
Las esperas en carga y descarga agravan un problema que el precio del diésel solo acelera
Magill sitúa el foco en un punto conocido también en Europa, los muelles y centros logísticos que retienen al camión durante horas sin añadir kilómetros facturables. Ese tiempo improductivo encarece cada servicio y se suma a un patrón de esperas en carga y descarga que ya ha sido objeto de seguimiento específico.
Para Magill, parte del relato de que “faltan conductores” nace de ese mal uso del tiempo. Él lo llama más bien un problema de utilización de capacidad: hay camiones y conductores, pero muchos están parados esperando, sin producir y a menudo sin cobrar.
Al mismo tiempo, algunas compañías están trasladando parte del golpe mediante recargos por combustible. Esa vía sirve para ciertos contratos, pero no resuelve la situación de la mayoría de los camioneros, porque el problema combina precio, organización del trabajo y límites regulatorios sobre el tiempo de conducción.
En España, un escenario parecido puede aparecer cuando coinciden tres factores, gasóleo al alza, rutas largas y demora en plataformas. La diferencia es que aquí existe una revisión obligatoria del precio del transporte por variación del combustible y también herramientas para calcularla, como la calculadora de revisión del gasóleo, aunque ese mecanismo no corrige por sí mismo las horas perdidas en espera.
Además, el margen operativo ya es estrecho en larga distancia. Las jornadas habituales se mueven entre 60 y 70 horas semanales y los periodos fuera de casa son largos, de modo que cualquier reducción de velocidad para contener consumo añade presión sobre los tiempos de entrega, el descanso disponible y el rendimiento real de cada viaje.
Otro dato muestra hasta qué punto el combustible condiciona toda la cadena. El precio pagado por el Departamento de Defensa para repostar aumentó un 27% en seis meses.