En 2020 llegó la pandemia, que paralizó la economía y las cadenas de suministro globales, que desembocó en una crisis de suministros en 2021. Y en 2022, ha venido a sumarse, la crisis energética, que vuelve a cebarse en los sectores productivos de nuestra economía, y de forma muy importante en el transporte.

Y por si fuera poco, la guerra de Ucrania, que además de la crisis humanitaria, tiene la derivada, otra más, de la interrupción de suministros básicos para una economía globalizada y tremendamente dependiente.

Con este panorama, el Gobierno español, en su viaje lleno de virajes, con un paro en el transporte que se recrudece a medida que pasan los días, ha decidido… esperar a que le hagan los deberes en Bruselas. Lo mismo que han hecho otros socios, que han tomado medidas paliativas con carácter inmediato.

El deterioro económico derivado de la crisis en Ucrania y los fuertes incrementos de los costes de los carburantes, la energía y los aprovisionamientos en general ya están empezando a limitar el crecimiento de la actividad y empiezan a penalizar los márgenes y la rentabilidad de los operadores a corto plazo.

Por eso es crítico que las medidas de choque se implementen con carácter de urgencia, y no estaría mal que fueran acompañadas también por una mejora en la agilidad administrativa.

Sólo así, el sector del transporte y la logística, que en plena pandemia fue capaz de dar lo mejor de sí mismo, podrá continuar desempeñando el papel fundamental que le corresponde y sin el cual, como estamos viendo estos días con la huelga de los transportistas, es imposible mantener en marcha el tejido productivo del país.

Y todo ello sin contar con la negativa evolución prevista en los indicadores económicos, en el país con mayor deuda pública de entre los socios europeos, con una inflación, que se anunciaba temporal, pero que cada vez más, parece que ya es estructural.

En este contexto de crisis de largo alcance, parece claro que necesitamos alguien al mando, con ganas y sobre todo con capacidad y experiencia para gestionar.

¡Hay alguien ahí!

Debo reconocer que he conseguido el objetivo oculto propuesto al inicio de comenzar a escribir este editoral, que no era otro que no utilizar el palabro, que forma parte del actual mantra del buen político; ¡resiliencia!. Vaya, pues al final he caído en la tentación.

En resumen, a seguir empujando contra viento y marea, y contra todos y todas, que no queda otra.