Los grandes bancos centrales parecen estar tomando conciencia, con un desconcertante retraso, de las graves consecuencias que tienen para la economía mundial los cuellos de botella que constriñen las cadenas de suministro internacionales desde hace algo más de hace un año.

Esta preocupación ha sido una constante en recientes intervenciones públicas de representantes de la Reserva Federal de los Estados Unidos, del Banco de Inglaterra, del Banco de Japón y del Banco Central Europeo.

Todos ellos estiman que la alteración de los flujos logísticos afecta negativamente a las perspectivas de inflación y crecimiento en todo el planeta.

Al mismo tiempo, muchos de ellos se muestran sorprendidos por una situación que no habían contemplado y que comprende las dificultades en el movimiento de mercancías en todo el planeta, con sus correspondientes efectos sobre los costes de los servicios logísticos y, en última instancia, sobre los precios de los productos finales en los mercados.

Incluso se abre una línea de pensamiento que aboga por una intervención de los Estados para evitar la espiral inflacionista que se está generando y que amenaza la demanda en todo el planeta, toda vez que la situación, en vez de ir mejorando, parece empeorar a cada día que pasa, como demuestran los casos del Reino Unido, donde la escasez de personal se está traduciendo en desabastecimientos puntuales, pero llamativos, y de los puertos de los Estados Unidos, donde existen problemas para absorber la acumulación de contenedores tanto en la costa oeste, como en la del este del país.

Las señales no engañan. Tan solo apuntan a un grave problema que ya no está en ciernes, sino que es real y que podría agravarse de cara al pico de consumo que se registra en los dos últimos meses del año.