Las recientes decisiones anunciadas por Air Products permiten extraer una reflexión que trasciende el ámbito empresarial y que, a mi juicio, resulta especialmente relevante para comprender el momento que vive la transición energética.
La compañía, miembro de la Junta Directiva de la Asociación Española del Amoníaco Renovable (AEAR), ha confirmado que mantiene su firme apuesta por el complejo de hidrógeno y amoníaco renovable de NEOM (Arabia Saudí), cuya construcción supera ya el 90 % de ejecución. Paralelamente, Air Products y Yara están ultimando el acuerdo para la comercialización del amoníaco renovable que producirá esta instalación, configurando una de las alianzas estratégicas más importantes desarrolladas hasta la fecha en este ámbito.
NEOM no es únicamente uno de los mayores proyectos de producción de amoníaco renovable del mundo. Es la demostración de que esta industria ha dejado atrás la fase experimental para convertirse en una realidad industrial. Producción, logística, distribución y comercialización comienzan a integrarse en una misma cadena de valor capaz de suministrar aproximadamente 1,2 millones de toneladas anuales de amoníaco renovable a los mercados internacionales.
Como ocurre en cualquier sector intensivo en capital, Air Products también ha decidido reorientar otras inversiones cuya rentabilidad no respondía a las expectativas previstas. No debería interpretarse como un cambio de rumbo, sino como la evidencia de que la transición energética ha entrado en una nueva etapa. Hoy las empresas ya no compiten únicamente por desarrollar tecnología. Compiten por construir proyectos viables desde el punto de vista económico y respaldados por mercados capaces de absorber esa producción durante las próximas décadas.
La inversión necesita algo más que tecnología
Durante los últimos años hemos centrado buena parte del debate en demostrar que el hidrógeno y el amoníaco renovables podían producirse a gran escala. Ese objetivo está cada vez más cerca de alcanzarse. Sin embargo, el verdadero desafío comienza ahora.
La viabilidad de la transición energética depende tanto de mercados estables y políticas coherentes como del desarrollo tecnológico.
Las grandes inversiones industriales requieren algo más que innovación tecnológica. Necesitan estabilidad regulatoria, señales de mercado coherentes y consumidores dispuestos a incorporar progresivamente materias primas con una menor huella de carbono.
En definitiva, necesitan confianza. Y esa confianza resulta especialmente importante cuando hablamos de proyectos cuya inversión se mide en miles de millones de euros y cuyos periodos de amortización se extienden durante varias décadas.
Europa debe seguir ejerciendo un papel tractor
En este contexto cobra especial relevancia el debate que actualmente se está produciendo en torno al Mecanismo de Ajuste en Frontera de Carbono (CBAM). La posibilidad de introducir mecanismos de mayor flexibilidad responde a preocupaciones perfectamente comprensibles. Por una parte, existe el temor de que el incremento del coste de determinados insumos, especialmente los fertilizantes, pueda trasladarse a la cadena agroalimentaria. Por otra, tampoco pueden ignorarse las crecientes tensiones comerciales internacionales ni el riesgo de que algunos países interpreten determinadas medidas climáticas como nuevas barreras al comercio.
Se trata de un debate complejo que merece un análisis sereno. De hecho, recientemente tuve ocasión de abordar con mayor detalle estas cuestiones en un artículo publicado en Cadena de Suministro, donde analizaba los retos que plantea el CBAM para la competitividad industrial, la agricultura y el desarrollo del amoníaco renovable. Sin embargo, existe una dimensión que, en mi opinión, merece una atención especial.
Europa no debería contemplar el CBAM únicamente como un mecanismo para evitar fugas de carbono o proteger a su industria. También constituye una poderosa señal dirigida a los mercados internacionales. Una señal que indica que las materias primas con baja huella de carbono tendrán un reconocimiento económico y que la descarbonización seguirá formando parte de la estrategia industrial europea.
Ese mensaje resulta determinante para quienes hoy deben decidir dónde invertir los próximos miles de millones de euros.
Los grandes proyectos internacionales no analizan únicamente dónde resulta más competitivo producir. También necesitan saber dónde existirán consumidores capaces de reconocer el valor ambiental de esas nuevas materias primas durante los próximos veinte o treinta años.
En este sentido, Europa puede desempeñar un papel mucho más relevante del que habitualmente se le atribuye. No solo impulsando proyectos dentro de su territorio, sino creando el mercado que permita hacer viables inversiones estratégicas desarrolladas en cualquier parte del mundo siempre que contribuyan a reducir las emisiones globales.
La descarbonización comienza mucho antes del combustible
Existe además una cuestión que, sorprendentemente, apenas aparece en este debate. Con frecuencia analizamos los fertilizantes únicamente desde la perspectiva agrícola, cuando en realidad constituyen el primer eslabón de numerosas cadenas de valor industriales.
La huella de carbono del fertilizante condiciona la huella de los cultivos y, en consecuencia, la de todas las materias primas obtenidas a partir de ellos. Esto resulta especialmente relevante para sectores como el de los biocombustibles.
La reducción de emisiones del bioetanol, del combustible sostenible de aviación (SAF) o de otros combustibles renovables no comienza en la biorrefinería. Comienza en el campo.
El amoníaco renovable y el CBAM pueden reforzar la competitividad de la bioeconomía y acelerar la descarbonización de múltiples cadenas de valor.
Si conseguimos producir fertilizantes con una menor huella de carbono, estaremos reduciendo simultáneamente la intensidad de emisiones de los cereales y de otras materias primas agrícolas que posteriormente se transformarán en alimentos, piensos, bioetanol, SAF y numerosos productos de base biológica.
Por ello, apoyar el desarrollo del amoníaco renovable y de otras soluciones de baja huella de carbono no significa únicamente avanzar hacia una agricultura más sostenible. Significa también mejorar la competitividad ambiental de toda la bioeconomía y facilitar que combustibles renovables producidos tanto en Europa como en otros grandes productores mundiales, como Estados Unidos, puedan seguir reduciendo su huella de carbono.
La transición energética ya no puede entenderse como un conjunto de sectores independientes. Energía, agricultura, industria y transporte forman parte de una misma cadena de valor, y las decisiones que hoy adoptemos sobre las materias primas condicionarán la descarbonización del conjunto de la economía.
Crear confianza para acelerar la transición
Las noticias protagonizadas por Air Products y Yara son una magnífica demostración de que la industria mantiene intacta su confianza en el futuro del amoníaco renovable y continúa movilizando inversiones de enorme magnitud para hacerlo realidad.
Ahora corresponde a las políticas públicas acompañar ese esfuerzo. No únicamente apoyando a quienes desarrollan los proyectos, sino también creando las condiciones necesarias para que exista una demanda creciente de materias primas bajas en carbono. Porque los productores necesitan compradores. Y los compradores necesitan certidumbre.
Europa ha demostrado durante décadas su capacidad para liderar la política climática mundial. El siguiente paso consiste en consolidar ese liderazgo creando el primer gran mercado internacional de materias primas bajas en carbono. Solo así será posible atraer nuevas inversiones, acelerar la innovación y convertir la descarbonización en una oportunidad compartida para la industria, la agricultura y el conjunto de la sociedad.