Desde los primeros días de la crisis sanitaria, el comercio electrónico parece haberse colocado al frente de los ganadores en las aguas revueltas de una situación que amenaza con provocar una recesión sin parangón a escala planetaria en la última centuria.

Justo al contrario, la ausencia de demanda en el sector textil amenaza con generar una debacle total en un sector dominado por grandes cadenas internacionales que en las últimas décadas han ido afinando cadenas de suministro que han sido objeto de estudio por sus extraordinarias capacidades y que ahora parecen heridas gravemente, al menos de manera temporal.

En esta coyuntura, un sector que anticipa una situación difícil se ha echado en brazos de uno que ya no puede ser considerado emergente, sino de camino hacia una consolidación que casi todos dan por segura.

Así las cosas, entre las grandes cadenas del sector se han empezado a reconvertir tiendas que hoy por hoy permanecen cerradas en almacenes para servir pedidos a domicilio, al menos mientras mantengan el cierto stock que suelen tener.

De igual manera, gran parte de de todas ellas han eliminado los gastos de envío y ofrecen períodos más largos de prueba y devolución de los artículos, además de rebajas con las que se intenta atraer a unos compradores reticentes a las compras, salvo para bienes de primera necesidad y, si acaso, algunos productos tecnológicos.

Todas estas medidas anticipan una tendencia para la época posterior a la pandemia en la que se augura una mayor tendencia a la omnicanalidad, toda vez que las afluencias a tiendas y centros comerciales podrían reducirse por las medidas de distanciamiento social que habrán de tomarse superar la actual crisis para evitar repuntes de la enfermedad.