Este mes de octubre ha desaparecido una parte del papel que todavía acompaña al transporte nacional de mercancías. No parece un cambio particularmente trascendente, sin embargo, lo interesante quizá no sea lo que desaparece, sino otra carga que lleva tiempo creciendo dentro de cada operación, que ningún albarán recoge y cuyo valor apenas hemos empezado a medir.
Desde este mes, el Documento de Control Administrativo debe generarse y conservarse exclusivamente en formato digital en los transportes realizados dentro de España. El transporte internacional podrá seguir utilizando el CMR en papel o recurrir voluntariamente al eCMR. Podríamos verlo simplemente como otro paso, probablemente inevitable, en la digitalización de nuestra actividad pero creo que sería quedarse en la superficie.
Nuestro transporte siempre ha generado información y, tradicionalmente, buena parte de ella moría con la propia operación o permanecía dispersa en el acervo de cada empresa. Ahora puede conservarse, cruzarse con la producida por miles de operaciones más y convertirse en conocimiento sobre el funcionamiento del mercado. Una empresa de transporte conoce con enorme detalle el pequeño trozo de realidad en el que trabaja.
Algunos grandes clientes, un trozo algo mayor; pero quien reúna información de cientos o miles de empresas empezará a conocer algo distinto. Puede llegar a ver el mercado que todas ellas, cada una por separado, sólo alcanzan a percibir parcialmente. Y esa diferencia no es menor.
Agregar datos de miles de operaciones puede dar una ventaja negociadora frente a quienes las realizan.
Hasta hace poco, acumular datos no significaba necesariamente saber qué hacer con ellos, pero hoy, la inteligencia artificial cambia esa ecuación. Permite encontrar relaciones, anticipar comportamientos y extraer conclusiones de una masa de información que supera con mucho la capacidad de observación de cualquier empresa individual. El dato deja así de ser únicamente un instrumento de gestión y puede convertirse en una ventaja competitiva para quien dispone de la visión de conjunto.
Lejos de mí abogar por erigir barreras alrededor de la información. La cadena de suministro necesita compartirla y sería absurdo pretender volver al teléfono, al fax o a las carpetas de papel. Pero una cosa es facilitar los datos necesarios para que una operación funcione mejor y otra no preguntarse qué sucede cuando, agregados a los de muchos otros, terminan generando un conocimiento cuyo valor excede ampliamente el de la operación que justificó su entrega.
Ahí puede aparecer una paradoja incómoda muy propia de nuestro mundillo. El transportista seguirá asumiendo el riesgo empresarial, invirtiendo, contratando y resolviendo cada día los problemas reales de la carretera, mientras otros pueden aprender, a partir de esa experiencia acumulada, a comprar transporte, valorar capacidad o negociar con él con una precisión creciente. De modo que quizá la pregunta relevante no sea únicamente de quién son los datos sino quién aprende de ellos, quién convierte ese aprendizaje en ventaja y qué parte del valor creado permanece en manos de quien hizo posible la operación.
La digitalización del documento es sólo la parte visible del cambio. La otra carga viaja ya con nosotros y aunque no figure en el albarán, convendría que no fuéramos los últimos en descubrir cuánto vale.