Con cada cambio de Gobierno vuelve la tradicional ceremonia del besamanos. Una puesta en escena, un teatro, una impostura en fin, en el que todo un numeroso grupo de representantes de empresas, organizaciones, asociaciones e instituciones, envuelven con motivo de alguna toma de posesión, al ministro de turno, que, las más de las veces, atiende entre azorado y perplejo a personas que en pocos segundos ha olvidado por completo.

Así sucede en todas las ocasiones, como la de este mismo miércoles en el Ministerio de Fomento, a la que han acudido directivos de empresas constructoras, ¿no se trata del ministerio de ‘Fomento’?, representantes empresariales, compañeros del partido que toque en cada caso, funcionarios de diversa categoría y condición, amén de los chicos de la prensa, aunque haya quien quiera pasar desapercibido, incluidos los de la generalista pese a lo árido que desde fuera parece este sector de la logística y el transporte, entre otros miembros de la Corte empeñados en preguntar al recién llegado, pese a la confusión que suele manifestar claramente: «¿Qué hay de lo mío?»

A la vista de la que se monta en estas ocasiones, solo cabe contemplar en primera persona, pero con distancia, cómo se desenvuelve en directo la acción política entre una nube de intereses (i)legítimos y de reparto de poder, con persecuciones, huídas, desmarques (como en el fútbol), miradas, apartes y cuchicheos de por medio.

En esta puesta en escena no hay que olvidar a los que se van, que no hace mucho fueron de los que llegaron. O a los que no saben si se van, o se quedan. Se colocan en el otro lado de la sala, normalmente arracimados, como para darse calor ante el frío que hace fuera y la bravuconería «de los nuevos», que con todo su ímpetu, vienen dispuestos a comerse el mundo… y a descubrir la pólvora en muchos casos. Con tufillo a «déjà vu«.

Democracia en estado puro, vaya, una veloz y adictiva vorágine de la que, no es de extrañar tampoco, algunos huyan a la carrera para recalar en la tranquilidad de alguna pequeña localidad. Y descansar del ruido de la capital.