En los últimos veinte años, el esfuerzo inversor realizado para poner al día las vías de comunicación españolas ha sido inmenso. Desde que España entró en las Comunidades Europeas, el país se ha convertido en uno de los que más kilómetros de vías rápidas acumula.

Sin embargo, la construcción de autovías y autopistas no es suficiente por si sola, sino que además requiere de unas labores de mantenimiento que mantengan las vías en perfecto estado de revista, algo que es caro y poco rentable desde el punto de vista político.

Además, también hay que sumar las crecientes dificultades que tienen las diferentes Administraciones públicas para aumentar la recaudación de impuestos, con el fin de cubrir necesidades cada vez mayores.

Cada vez más globos sonda

En esta coyuntura, desde hace más de una década diferentes Gobiernos de distintos signos políticos han venido especulando con la posibilidad de establecer algún tipo de tasa o peaje por el uso de las autovías públicas, de modo similar al que ya se ha impuesto en otros países europeos, aunque sin pasar del globo sonda, pese a que diferentes intereses presionan también para imponer el pago por uso en las vías de alta capacidad a través de grupos de interés y a que los transportistas se han mostrado contrarios en bloque a esta medida.

Pero los avisos ya son demasiados. Y demasiado seguidos, ya que tanto el anterior Ejecutivo, como el actual en funciones han venido especulando con este nuevo impuesto, lo que, sin duda, da fehaciente cuenta de la necesidad de este peaje para las arcas del Estado.

Pese a que el último anuncio se ha hecho en pleno mes de agosto, el transporte ha salido en tromba para manifestarse en contra. En este sentido, Fetransa destaca que la medida no ha sido debatida en el Comité Nacional de Transporte, mientras que CETM destaca que es «una injusticia considerable castigar al transporte con más fiscalidad» y, por otra parte, Fenadismer resalta que el sector «ya contribuye suficientemente al mantenimiento de las infraestructuras españolas», con más de 21.000 millones de euros anuales, según calcula.

Sin embargo, el río suena cada vez más, y con el rumor de la corriente que crece también lo hace el agua que lleva, anunciando lo que amenaza con convertirse en realidad más pronto que tarde.