Durante años, la responsabilidad social corporativa ha estado asociada a grandes campañas, mensajes contundentes y acciones diseñadas para generar visibilidad inmediata. Sin embargo, en el contexto actual —marcado por un mayor escrutinio social y una creciente exigencia de coherencia— empieza a ganar peso otra forma de entender la RSC: menos espectacular, pero más constante.
Desde la experiencia en el ámbito empresarial, especialmente en sectores intensivos en operación como la logística, cada vez resulta más evidente que el impacto social no siempre coincide con el impacto mediático. Y que muchas de las iniciativas que realmente transforman entornos, personas y culturas corporativas no suelen ocupar grandes titulares.
Las acciones sociales, educativas o medioambientales forman parte del paisaje habitual de muchas empresas. La diferencia no está tanto en el qué, sino en el cómo y en el cuánto. No es lo mismo una acción puntual ligada al calendario que una suma de iniciativas sostenidas en el tiempo, coherentes entre sí y alineadas con la actividad real de la organización.
En sectores donde la eficiencia, la seguridad y la continuidad operativa son críticas, la RSC solo es viable cuando se incorpora de forma natural a la cultura corporativa. Cuando deja de percibirse como un proyecto paralelo y pasa a entenderse como una responsabilidad compartida.
Las personas son las protagonistas
Uno de los elementos más determinantes en cualquier estrategia de responsabilidad social es la implicación de las personas. Las iniciativas que funcionan mejor no son necesariamente las más ambiciosas, sino aquellas en las que los empleados participan de forma activa: como voluntarios, mentores o colaboradores directos con entidades sociales.
Este tipo de participación genera un doble efecto. Por un lado, multiplica el impacto real de las acciones. Por otro, refuerza el vínculo interno y el sentido de pertenencia. Porque la reputación, más allá de los mensajes externos, se construye desde dentro.
Las iniciativas que funcionan mejor no son necesariamente las más ambiciosas, sino aquellas en las que los empleados participan de forma activa.
Proximidad frente a grandilocuencia
Otro aprendizaje relevante tiene que ver con el enfoque territorial. Las estrategias de RSC más eficaces suelen ser aquellas que se desarrollan en el entorno cercano, en colaboración con organizaciones que conocen de primera mano las necesidades locales.
Este modelo, menos llamativo que las grandes campañas globales, permite respuestas más ajustadas y genera relaciones más duraderas entre empresa y sociedad. Además, evita el riesgo de la desconexión entre discurso y realidad, uno de los principales factores de desgaste reputacional.
No todas las empresas necesitan grandes campañas para demostrar su compromiso social. En muchos casos, el verdadero valor está en hacer bien las cosas de forma continuada, aunque eso no genere visibilidad inmediata.
En un momento en el que la RSC se analiza cada vez con mayor espíritu crítico, quizá convenga replantear los indicadores de éxito. Más allá del alcance o la notoriedad, la coherencia, la constancia y la implicación real son los elementos que, con el tiempo, construyen credibilidad y confianza.
La responsabilidad social que no busca protagonismo puede pasar desapercibida. Pero es, precisamente, la que suele dejar una huella más profunda y duradera.